miércoles, 30 de marzo de 2011

Cuerpo Triste


Y es que a veces sobran las palabras.
Éste fue el caso.

Como últimamente, lucía un traje de carácter triste, no muy arreglado, antes algo resultón.
Dejó a un lado las gafas y, cuidadosamente, se puso las lentillas.
Una vez engominado, salió al salón, le dio un lingotazo al whiskey, consumió la última polvorienta y alargada mancha que ensuciaba su mesa y cerró los ojos.

La cabeza le daba vueltas, lo cual no era extraño un viernes por la noche.
Miró el reloj. Las 0.47. Meó, cogió la chaqueta y salió por la puerta de su putrefacto apartamento.

Y llegó al lugar. Entró por la puerta viejuna y bajó las cochambrosas escaleras de aquel sitio humeante, deprimente, casi en blanco y negro. Los cuatro de siempre que ahí quedaban volvieron su mirada hacia él.
Siempre había provocado ese tipo de reacción, pero antes de otro modo.
Sin titubear tiró directo a la barra, fiel compañera y enemiga con la que tantas noches había compartido.

Nunca se acercaban a saludarlo a pesar de conocerlo. Ya no. Las malas compañías no se atrevían ni siquiera a mirarle, y las antiguas amigas de pago y córner, incluso las peor olientes rechazaban su escaso dinero.
Lo llamaban cuerpo triste, y con ese nombre se quedó. En tiempos lo llamaron así por sus graciosas y conocidas juergas, después de todo pasó a ser un mote despectivo. Nadie sabía su verdadero nombre.
Por donde él pasaba, la gente, congelada, no podía evitar fijar su mirada en él, observando con curiosidad y congoja, sin saber de dónde viene o adónde va.

Hacía un tiempo fue respetado, sí. Fue de los hombres más envidiados, adorados y odiados al mismo tiempo.
Pero ahora no. Ahora la gente había perdido todo tipo de interés por él, ya fuese bueno o malo.

¿Cómo era? Nadie lo recuerda. ¿Qué pasó? Nadie lo menta. ¿Por qué volvió? Ni un alma tuvo valor de preguntar. -Bueno sería también saber si él hubiese concedido respuesta.-

Las 3.00 de la madrugada. Las mismas sombras oxidadas de cada noche le daban menos color todavía a aquel zulo.

-Dolores, ponme otra.

Mientras la camarera le servía a regañadientes, jurando en voz baja y con una mirada algo agresiva, bajaban las escaleras dos piernas pegadas a un cuerpo.

Él no acostumbraba a ser el que se molestase en curiosear quién entraba o dejaba de entrar, pero fue algo instintivo.
Esas piernas... Esas piernas son inconfundibles.

Bernarda Morales. Una de las mujeres más respetadas de la ciudad. Corrían miles de habladurías sobre ella, pero ningún rumor tenía el suficiente coraje como para ser cierto. Sólo el mismísimo diablo osaría interponerse en su camino.

Una mujer de los pies a la cabeza, con un cuerpo de escándalo y una inteligencia sublime que, a pesar de haber conocido muchos hombres, nunca pudo tener al que más deseaba.

Y allí estaba él, sentado con los ojos como platos, con esa mirada apagada que los años habían consumido, pero con la misma luz de esperanza con la que siempre le había mirado a ella.

Todos la observaban, fantaseando y dejando caer al suelo algún susurro obsceno que tres pasos después ella pisaría con el zapato de tacón.

Se sentó en la barra, sección perdedores a la derecha del mayor, y, sin mirarle a la cara:

- Dolores, ponme lo de siempre, pero doble.

Él, sorprendido, quiso decir, pero no dijo. A lo que ella:

- Cuerpo Triste... Triste sí, pero de cuerpo; ¿qué te queda?

Y le miró, él no se atrevió.
Él quiso decir, pero no dijo. Se hizo un silencio que parecía congelar hasta a la Dolores.

- Mírame a los ojos.

Todos los hombres veneraban sus piernas, pues eran largas, tersas, y con una forma sólo capaz de una diosa; pero él siempre había estado enamorado de sus ojos. Eran muy normales. Marrones, no muy grandes, pero a él le resultaban simpáticos.

- Bernarda...

Por fín osó mirarla. Ella, inevitablemente, sonrió. Habían pasado muchos años, muchas cosas. Habían pasado muchas mujeres, muchos hombres. Pero ella sonrió:

- Hoy no dormirás solo. Han sido muchos años, Cuerpo Triste, pero esta noche no será igual que la de ayer, sino como la que un día casi fue.

Después de años, él, torpe como el niño que aprende a montar en bicicleta por primera vez, esbozó una leve sonrisa.
Ella cogió su agrietada y desgastada mano, acariciando con la otra su picada mejilla:

- Ya estoy aquí.




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