jueves, 24 de noviembre de 2011

Tatuajes sin tinta.



Estaba sentada y me divertía con el traqueteo del vagón cuando algo llamó mi atención.

Mis ojos se fijaron como si de una brújula se tratase.
No podía creer lo que estaba viendo, ni tampoco podía creer que llegase a fascinarme algo tan cotidiano.
Aunque lo intentaba mi mirada no se apartaba de él. ¿Qué tenía, qué era?

Me puse a analizarlo... Era una imagen tan agradable a la vista.
Comencé a sentirme en calma, algo hacía que mi cerebro recibiese la orden de ser feliz.
Cuanto más lo miraba más paz me transmitía.
Yo, involuntariamente, esbocé una sonrisa. Tonta, inocente, despreocupada.
Mi corazón empezó a latir con una regularidad dulce y tranquila, y una voz interior me decía "tranquila, respira... Todo está bien."

Era un anciano octogenario, aparentemente como todos, arrugado y delicado.
Y sin embargo era el ser más bello que había visto jamás.

Estaba de pie, aunque había asientos desocupados. Sonreía, aunque nadie le estaba contando nada gracioso. Sus ojos tenían más vida que cualquier niño de ocho años.
Poco a poco lo fui descifrando y, de repente, di con el motivo de mi admiración.

¡Las arrugas! Eran como un mapa de su vida. Tenía arrugas en la frente, pero no eran de fruncir el ceño, sino de arquear las cejas.
 Entonces, me pregunté: ¿Cuántas veces le habrán sorprendido, cuánta ilusión habrá habido en su vida para que a los seguramente ochenta y pico años quede grabado en su frente?

Se giró, y vi esa graciosa molla que se les forma en la nuca a los señores mayores algo rellenitos.
Tenía una arruga prominente que marcaba perfectamente dónde empezaba el cuello de la camisa.
Y me pregunté: ¿Cuántas veces se habrá parado a mirar las estrellas, cuántas noches habrá pasado imaginando qué esconde el cielo para que su cuello haya podido adoptar esa forma?

Tenía la mirada perdida, miraba por la ventana, y sin motivo aparente agudizó unos grados su sonrisa. Me fijé en sus mofletes, algo desgastados, y en la frontera que formaban esas arrugas que parecen encerrar la zona del bigote, uniendo la nariz con la boca.
Eran tan pronunciadas que no pude evitar preguntarme: ¿Cuántas veces habrá sonreido sin motivo, cuántas sonrisas habrá regalado al pararse a pensar en los detalles más insignificantes de la vida?

Y ahí, donde acaban los ojos empezaban unas arrugas que formaban el dibujo más hermoso que se haya creado. Medio sol adornaba el rabillo de sus ojos. Eran sin duda las arrugas más pronunciadas de su cara, parecían líneas de palabras que contaban cada carcajada que había soltado a lo largo de su vida.

Pensé: Seguramente este hombre haya sufrido como cualquier otra persona. Tendrá miles de dolores que recordar y llevar encima después de tantos años, pero en cambio ha preferido tatuarse sin tinta sorpresas, estrellas, pequeñas alegrías e inumerables carcajadas.

Finalmente, llegaba a mi destino haciéndome una última pregunta: ¿Realmente somos capaces de seleccionar las cosas con las que queremos llegar hasta el final? ¿Es posible llegar a esa edad con una luz tan potente en los ojos? ¿Cabe la posibilidad de que cuando yo tenga ochenta años pueda transmitirle a un joven lo que este hombre me está transmitiendo a mi?
Si es así, el sentido de la vida debe ser éste: Vivir para comprender que hacerlo merece la pena.

El tranvía se detuvo. Le miré, y él me estaba mirando, creo que se dio cuenta de que había escuchado atentamente todo lo que él no me había dicho. Y, aunque me intimidó algo el contacto visual, aproveché a decirle como pude con una mirada y una leve sonrisa mis más sinceras "gracias, y buen viaje".



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sábado, 19 de noviembre de 2011

El concierto.



Salieron de uno en uno, en fila, perfectamente ordenados y confusamente relajados.
El primero se colocó en el centro, mano izquierda en mástil. El segundo se sentó, piernas abiertas y empuñando baquetas. El tercero, al otro lado, se sentó tras la barra del bar de las teclas que visten color pingüino.

Cinco filas de asientos llenos, incluso los que no tenían ocupante:

“Un, dos, un, dos, tres, ah.”

Y la música comenzó a sonar.

Manadas de miradas se perdieron en ese escenario, y es que el tiempo allí abajo no pasaba. Los minutos pasaron a ser compases, y los segundos a llamarse notas.

Cada golpe de bajo sincronizaba las sístoles de todos los oyentes de la sala.
Las escobillas sustituyeron la respiración de los que fijaban su atención en ellas.
Cada tecla sonante era un suspiro más del alma de aquellos para los que fuesen audibles.

Se miraban, sonreían, fluían. Nadie era capaz de ver dónde acababan los dedos del músico y comenzaba su instrumento.
El escenario era una pincelada ilimitada, todo estaba conectado. Todo, absolutamente todo formaba una corriente eléctrica imaginaria que hacía vibrar cada rincón del lugar.

Cuentan que ningunas paredes fueron antes testigos de tantas miradas brillantes a un mismo tiempo, en una misma habitación. Lágrimas de admiración asomaban por los ojos de cada rostro, aplaudiendo tímidamente desde el acolchado lacrimal.

Las sonrisas, desde los palcos de abajo no dejaban de agradecer semejante espectáculo mostrando cada uno de los dientes asistentes al concierto.
Los cinco sentidos asistieron personalmente, sólo a contemplar esa nueva magia:

B de Batería, de Brutalidad, de Brillantez. P de Piano, de Pulcritud, de Perfección.
T de conTrabajo, de Talento, de Triunfo.

Con todo el trabajo cargado a sus bemoladas espaldas, el concierto estaba siendo como una fuente de elixir de satisfacción eterna. Tanto los tres como cada persona que había allí podían sentir de qué manera la música era capaz de poseer, de hipnotizar, de embrujar.

Esa noche, hicieron de la magia de la música millones virutas materiales que podían contemplarse en el aire.

Los genios del jazz los llamaron, o así los recuerdo.



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“Con T de Tato. Enhorabuena por cada paso que das, gracias por tu ejemplo.”

jueves, 3 de noviembre de 2011

Más frágil.


Bailaba ella sola, dibujando figuras en el aire.

Dejando a su paso hilos de colores incandescentes. Daba y daba vueltas, saltaba sobre sí misma, y volvia a hacerlo.

Nadie podía verla, pero el mundo sabía lo que estaba pasando.

Sus tobillos caminaban por las paredes, con cuidado de no despertarlas.
Acariciaba con los dedos el leve flujo del viento, tocando delicadas notas en él. Como si de un arpa se tratase, ella hacía sonar la canción.

Con cuidado, el caracol asomaba por el cristal empapado. Sí, con cuidado de no despertarla.
La lluvia caía pronunciando un silencio en clave de fa. Un piano suena, nadie lo oye pero eso cuentan las nubes.

Será cierto.

Una flauta dulce, tan dulce que la sacarina la despreciaba; le daba esas puntadas de fragilidad a la melodía.
Y ella seguía, danzando con nadie, danzando consigo.

Sentía cada latir de su corazón, cada mililitro de sangre que emanaba su corazón. Era dueña de todos los movimientos involuntarios de su ser. Ella era involuntaria.

La sala entera la contemplaba.

Y no había puerta. Era un escenario perfecto, sólo destinado a admirarla a ella.
El embrujo de su silueta pintaba las paredes, que sonrientes y dormidas disfrutaban de su olor a cristal del fino.

Que nadie la veía, pero todos la sabían hermosa.
Vivía entre pliés y tirabuzones, desnuda.
Vivía en un sueño, inconsciente.

Se cierran las cortinas, se esconde el caracol.
Se apaga el piano, sale el sol.
Se hace un nudo, plegarse puede.
El mundo mudo, ella muere.

Y cada día así sería. El hilo, las luces, la brisa.
Y ella... Como en una urna de papel pinocho, nace soñando cada noche.

¿Vive?
Frágil.


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miércoles, 14 de septiembre de 2011

Pasa.


Y es que cuando pasa... Pasa.

Ya puedes querer evitarlo, ya puedes querer esquivarlo, pero si está ahí estará ahi lo quieras o no.
Y es que es una sensación que te invade, de arriba a abajo, de polo a polo, de hemisferio norte a hemisferio sur. Recorre partes de tu cuerpo que ni sabes que tenías.

Es sentir un corazón que no es el tuyo, es ver al tuyo salir por tu boca al pronunciar un simple "hola", es ver viajar tu mirada en dirección a otra que te hace temblar, es notar una brisa en la nuca cuando más calor hace con solo sentir otra presencia.

Es su presencia, es su piel, es su olor, es su respiración. Es esa persona. Es la persona que revoluciona cada milímetro de tu cuerpo haciendo que no puedas controlar ni los dedos de tus pies.
Es la persona que gira tu vida, haciendo incoherente cada cosa que haces. Sin querer, dices cosas que jamás pensaste, escuchas canciones que nunca imaginaste, haces cosas extrañas para tí, sientes algo... Simplemente inexplicable.

Es algo misterioso, maravilloso, delicioso, miedoso, timido, cauteloso, ruidoso, silencioso...
Increíble.

Incluso creyendo haberlo sentido antes vuelve a sorprenderte, y te hace sonreir. Te hace sentir la sonrisa de un lado a otro de la mejilla. Te hace vivir de nuevo...

Y es que pasa. Y cuando pasa, pasa de verdad.

domingo, 21 de agosto de 2011

Viaje a sí misma.






Y le dio por pensar.
¿Para qué pensar? No pienses, imagina.
Se propuso proponer.
¿Para qué proponer? No propongas, haz.
Quiso querer.
¿Querer? Quiérete antes de querer.

Y así empezó todo.

Agarró sus sueños por el asa de ojalás y empezó a maquinar.
Se fue de viaje por todos sus recuerdos, metiendo en la maleta de su mente los mejores momentos vividos.
Se encontró con viejos conocidos y amigos caducados.

Tembló. Dudó...
Siguió.

Al regreso, paró a repostar en una de esas gasolineras tristes y tiradas, de esas que contienen amargos tragos que creiste olvidar.
Creyó marearse al ponerse en marcha de nuevo, pero comprendió que sólo era un tramo más del viaje.

Recapacitó.

Y entonces oyó.
- ¿Qué oyes?
- Me oigo.
- ¿Te oyes?
- Al fin.


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viernes, 15 de julio de 2011

Carta de amor.






Érase una carta de amor...

"Querida Carmen:

Hace tiempo que no empuñaba mi antigua pluma para escribirte, más de dos décadas. Pero es tan intensa la sensación que tengo dentro de mí que si no lo hacía ignoro si mi corazón seguiría latiendo.

Una semana hará desde que rocé a la muerte, vino a visitarme, avisándome del poco tiempo del que disponía.
Pobre de mí, perdido y olvidado, decidí escribirte una última carta que diría todo lo que no me atreví a decirte cuando pude. 

Como acostumbraba antaño, querida Carmen, te contaré una historia que quizá te ayude a entender.

Era un 6 de Septiembre y tú esperabas en el columpio que te hice junto a aquel viejo roble. Llevabas ese vestido blanco, la chaqueta de punto que te regalé, y, como de costumbre, ibas descalza.
Llegué diez minutos tarde, nunca fui un hombre puntual. Tus ojos brillaban más que dos luceros, estaban llenos de lágrimas de tristeza.

Titubeando y sin explicación me despedí de ti, con un nudo en el estómago que me impedía levantar la mirada más allá de mis zapatos.
Tu pelo no cesaba de ondearse, dejándome llegar tu delicado perfume. Ese olor llegaba a lo más profundo de mi corazón y hacía todavía más dura la despedida.

 No fui capaz de decirte mucho, pues no había palabras existentes que fuesen suficientes para despedir un amor tan puro como el nuestro.

"Adiós, Carmen. Ojalá volvamos a vernos" fue todo lo que salió de esta frágil garganta.

Beso en frente y media vuelta, me alejé de ti, intuyendo una lágrima tuya desde tu ojo verde hasta el más suave cuello que jamás he visto.
Tomé mi taxi, y no volví a verte.


Perdóname Carmen, pero aún a día de hoy no puedo decirte el motivo de mi marcha, aunque créeme, ojalá pudiese.
Lo que quería decirte, vida mia, es que desde que tomé ese taxi hasta este preciso momento no he dejado de pensar en ti ni un segundo.
He viajado mucho, he visto muchos lugares, he conocido a muchas mujeres y he sufrido innumerables dolores. Pero déjame decirte, amor, que nada me ha dolido tanto al despertar como el saber que no despertarías ahí conmigo, ni nada me partía más el corazón al acostarme que el imaginar que tú estarías a miles de kilómetros como yo, durmiendo sola... O amando a otro que no fuera yo.


Cobarde he sido por mucho tiempo callándome todo esto, no quise perturbar tus sueños.
Perdóname, Carmen, perdóname por haberte querido en silencio tantos años.
Quise ir a buscarte, robarte de tu casa y llevarte conmigo, acariciar tu pelo, mirar tu sonrisa, hacerte el amor con esa delicadeza con la que solía...
Perdóname por no haberte sabido querer como te quise después de irme.


Con un manto blanco en la cabeza en lugar de aquella melena castaña que tanto acariciabas, te escribo esto que lees. Espero no sea demasiado tarde, pues me partiría el corazón saber que no me llevo el perdón de la persona por la que he vivido esperanzado tantos años.


Jamás fui capaz de decírtelo, por mucho que te lo demostré cuando estuvimos juntos, pero te quiero.
Te quiero, Carmen, siempre te he querido.


Y ahora, viejo me hallo, sólo y triste, sin el amor que una vez nacido me dio la vida.
Aunque muy en contra de lo que yo quisiese, imagino que tendrás una vida lejos de mí, habrás amado a más hombres, habrás formado una familia ajena al amor que te di yo. Pero aún así, te quiero.
Aún así quiero pasar los últimos años que puedo vivir en paz contigo, como antes."


... Y tras días, adornada con esta posdata, la carta llegó a su destinataria.


"Mi Carmen... Mucho me temo que llego tarde. Y ahora, dejo esta carta sobre tu epitafio, enfermo por tu muerte, muerto por tu ausencia.
Muero, vida mia. Muero sabiendo que ya no estás. Sabiendo que ya no me amarás.
Sabiendo que no volveré a acariciarte.
Muero sabiendo que mi vida se va.


Siempre tuyo."


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miércoles, 30 de marzo de 2011

Cuerpo Triste


Y es que a veces sobran las palabras.
Éste fue el caso.

Como últimamente, lucía un traje de carácter triste, no muy arreglado, antes algo resultón.
Dejó a un lado las gafas y, cuidadosamente, se puso las lentillas.
Una vez engominado, salió al salón, le dio un lingotazo al whiskey, consumió la última polvorienta y alargada mancha que ensuciaba su mesa y cerró los ojos.

La cabeza le daba vueltas, lo cual no era extraño un viernes por la noche.
Miró el reloj. Las 0.47. Meó, cogió la chaqueta y salió por la puerta de su putrefacto apartamento.

Y llegó al lugar. Entró por la puerta viejuna y bajó las cochambrosas escaleras de aquel sitio humeante, deprimente, casi en blanco y negro. Los cuatro de siempre que ahí quedaban volvieron su mirada hacia él.
Siempre había provocado ese tipo de reacción, pero antes de otro modo.
Sin titubear tiró directo a la barra, fiel compañera y enemiga con la que tantas noches había compartido.

Nunca se acercaban a saludarlo a pesar de conocerlo. Ya no. Las malas compañías no se atrevían ni siquiera a mirarle, y las antiguas amigas de pago y córner, incluso las peor olientes rechazaban su escaso dinero.
Lo llamaban cuerpo triste, y con ese nombre se quedó. En tiempos lo llamaron así por sus graciosas y conocidas juergas, después de todo pasó a ser un mote despectivo. Nadie sabía su verdadero nombre.
Por donde él pasaba, la gente, congelada, no podía evitar fijar su mirada en él, observando con curiosidad y congoja, sin saber de dónde viene o adónde va.

Hacía un tiempo fue respetado, sí. Fue de los hombres más envidiados, adorados y odiados al mismo tiempo.
Pero ahora no. Ahora la gente había perdido todo tipo de interés por él, ya fuese bueno o malo.

¿Cómo era? Nadie lo recuerda. ¿Qué pasó? Nadie lo menta. ¿Por qué volvió? Ni un alma tuvo valor de preguntar. -Bueno sería también saber si él hubiese concedido respuesta.-

Las 3.00 de la madrugada. Las mismas sombras oxidadas de cada noche le daban menos color todavía a aquel zulo.

-Dolores, ponme otra.

Mientras la camarera le servía a regañadientes, jurando en voz baja y con una mirada algo agresiva, bajaban las escaleras dos piernas pegadas a un cuerpo.

Él no acostumbraba a ser el que se molestase en curiosear quién entraba o dejaba de entrar, pero fue algo instintivo.
Esas piernas... Esas piernas son inconfundibles.

Bernarda Morales. Una de las mujeres más respetadas de la ciudad. Corrían miles de habladurías sobre ella, pero ningún rumor tenía el suficiente coraje como para ser cierto. Sólo el mismísimo diablo osaría interponerse en su camino.

Una mujer de los pies a la cabeza, con un cuerpo de escándalo y una inteligencia sublime que, a pesar de haber conocido muchos hombres, nunca pudo tener al que más deseaba.

Y allí estaba él, sentado con los ojos como platos, con esa mirada apagada que los años habían consumido, pero con la misma luz de esperanza con la que siempre le había mirado a ella.

Todos la observaban, fantaseando y dejando caer al suelo algún susurro obsceno que tres pasos después ella pisaría con el zapato de tacón.

Se sentó en la barra, sección perdedores a la derecha del mayor, y, sin mirarle a la cara:

- Dolores, ponme lo de siempre, pero doble.

Él, sorprendido, quiso decir, pero no dijo. A lo que ella:

- Cuerpo Triste... Triste sí, pero de cuerpo; ¿qué te queda?

Y le miró, él no se atrevió.
Él quiso decir, pero no dijo. Se hizo un silencio que parecía congelar hasta a la Dolores.

- Mírame a los ojos.

Todos los hombres veneraban sus piernas, pues eran largas, tersas, y con una forma sólo capaz de una diosa; pero él siempre había estado enamorado de sus ojos. Eran muy normales. Marrones, no muy grandes, pero a él le resultaban simpáticos.

- Bernarda...

Por fín osó mirarla. Ella, inevitablemente, sonrió. Habían pasado muchos años, muchas cosas. Habían pasado muchas mujeres, muchos hombres. Pero ella sonrió:

- Hoy no dormirás solo. Han sido muchos años, Cuerpo Triste, pero esta noche no será igual que la de ayer, sino como la que un día casi fue.

Después de años, él, torpe como el niño que aprende a montar en bicicleta por primera vez, esbozó una leve sonrisa.
Ella cogió su agrietada y desgastada mano, acariciando con la otra su picada mejilla:

- Ya estoy aquí.




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miércoles, 2 de marzo de 2011

Just be Yourself.



¿Y qué si no les gusta? Hazlo con más ganas.
Sólo porque alguien decidió que el azul es azul y que el día no es la noche.
Alguien se encargó de ponerle nombre a todas las cosas que conoces; ¿por eso vas a dejar de inventar?

¿Quién osó bautizar cada pequeño o gran ser que hay sobre este planeta?
Para mí el rojo no es rojo ni bermellón, para mí se llama kurgen.
El kurgen es un color más que vivo, que sólo existe para mí. Tú llámalo como quieras.
Decidí llamar Paco al Sol, me parece un nombre más simpático para saludarlo por las trasbuzas (así es como llamaré a las mañanas, y a la noche: gudpona).

Un mundo de locos, ¿eh?; ¿por qué no?
Todo el mundo, antes de hacer cualquier cosa, inconscientemente se pregunta "¿por qué?, ¿por qué lo hago?"
Edúcate de modo que la pregunta que se formule tu mente cuando se avecine una decisión sea "¿por qué NO?".

Un día te morirás. Te morirás tú, se morirá tu hijo y tu canario. La vida es así.
Hasta ese momento no sabrás si tendrás más oportunidades como ser o no, no estamos aquí para debatir éso.
Así que, permíteme obligarte a la diversión. A existir de otro modo, a girar el monóculo con el que ves este mundo.

Lo que quiero decir, es que tal vez hoy sea el último día que puedas hacer algo. Algo que tienes en mente, pero esta misma lo censura. Puede que todo el mundo te aconseje lo mismo, que te aconseje lo más "sensato".
Pero... ¿Quién inventó la sensatez?, ¿qué parámetros abarca?
¡Que les den!

Crea tu propia coherencia y moldéala a tu gusto.
Amasa el mundo hasta que adopte una forma en la que tú estés agusto, que sea tu almohada.
Acaricia los días como si tuviesen la longitud que a tí te conviene.
Gíralo todo y páralo cuando quieras subirte a tu destino.

Esta vida te pertenece. Eres tu propio protagonista.
Pon mayúscula a la palabra que más importante te parezca, y disciplina a ese montón de complejos que no te dejan bailar en público.

Libérate... Tú eres tuyo, y de nadie más.

martes, 1 de febrero de 2011

Agitation






Y ¡PUM!-. Portazo.
 
Las paredes tiemblan, la música de tu cabeza las agita. Estás excitado, no puedes parar de batir tus ojos buscando una respuesta en cualquier punto al alcance de tu vista.

¡Dios Santo! Estás perdido.

Subes las escaleras corriendo, sin tiempo a tropezar, algo te persigue, pero no es material.
Los muros cierran tu paso a medida que vas subiendo, el espacio escasea. Aumentas la velocidad, como si jamás fueses a llegar.

No hay nadie más. Nadie puede oírte, nadie puede sentir la vibración de tus gritos, pero no estás chillando. Tienes esa presión en el pecho que no deja de quemarte por dentro.

¿Por qué no sale? Te detienes.

Tu tórax se hincha y deshincha sin pausa, más y menos, más y menos, no se detiene.
Tus ojos siguen locos, sin encontrar el momento de detenerse.

Tu puerta, abierta, deja salir los pocos rayos de luz que entran por las entrerrejas de tu ventana.
Entras, y llegas tú; bestia reprimida, animal cohibido.

Piensas que vas a reventar, tu pecho no para de bombear, como si de una rueda de bicicleta se tratase. Sientes tu cuerpo hiperventilar, necesitas algo que te pare.

Abres la boca, cada vez tu respiración es más descontrolada. Las pupilas se dilatan y menguan al compás del funcionamiento de tus pulmones.

Miras, y miras, y miras… No sabes qué cojones es lo que buscas, pero debe estar en alguna parte.

Tu instinto natural te hace percibirlo, pero hay una burbuja que impide que lo encuentres. Te estás descontrolando, las paredes siguen bailando. Haciéndose cada vez más pequeñas. Te aprietan, te presionan, no van a dejarte en paz.

Por fin, reaccionas. Coges ese marco de fotos que luce tu mejor sonrisa, aliñada con la típica mirada inocente que precede a los 10.
Con qué rabia la arrojas a ese trozo de yeso que cada vez te roba más espacio.
Es como si quisieras detenerlo, pero no puedes.
Se están contrayendo, y tú estás en medio. La puerta hace tiempo que ha desaparecido.

Animal descontrolado. Arrojas un alarido al viento, como si fuese a acongojarse ante tu furia.
Te impulsas contra las cuatro losetas que van de suelo a techo y viceversa, y te enzarzas en la batalla más sanguinaria que nadie verá jamás.

Puñetazos, patadas, cabezazos y arañazos que se llevan tiza blanca, dejando una marca de desesperación. Notas la circulación de tu sangre llenando cada milímetro de tu nervioso cuerpo.

Tus nudillos a penas pueden abrir los ojos, y tus pies están ensangrentados.
Tu cabeza luce numerosas contusiones, brechas y… ¿Qué podías hacer? Ibas a morir de todas formas, las paredes te comían, el aire te perseguía y el oxígeno te ahogaba.

Sí, las paredes estaban estrechando tu habitación, querían aplastarte. ¿Qué podías hacer?
Ahora yaces ahí, inerte, en el suelo. Incapaz tan siquiera de respirar, de ordenar a tu corazón que lata.

Tu cabeza lucía numer… pobre mente perturbada.





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martes, 25 de enero de 2011

Sólo quería dormir.



Cuando él bajó las escaleras a la calle vio algo que no frecuentaba otras mañanas.
Ahí estaba ella, sentada en la parada del autobús, tan a penas tapada con una chaqueta de ganchillo.
Desconcertado se paró unos segundos frente a ella, a unos metros de distancia.
La calle estaba congelada, pero ella ni se inmutaba. Ella le observaba con los ojos muy abiertos, con un gesto asustadizo, lo que hizo que él dejase su estado de sorpresa y se acercase hasta ella.

-... Qué... ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has venido?
-...

Se hizo un silencio.

Ella se echó a llorar, él la abrazó.
Ella se sentía desnuda, él la arropó.
Ella se veía perdida, él la encontró.
Ella se notaba vacía, él la llenó.

Y el abrazo duró minutos. Poco a poco, se iban balanceando, de lado a lado, poniéndole ritmo al consuelo, música al cariño y ningún sonido a la mañana.
Sin ninguna explicación, se vieron solos en mitad de la calle bailando, entre una mezcla de vaho y amanecer.

-Anda... Subamos a casa.

La cogió rodeándola con sus brazos para darle calor y la subió a casa. Sin mediar palabra, ella se dirigió al dormitorio y se tumbó sobre la cama.
Él, dulcemente, le preparó un chocolate caliente; que a ella le encantaba. Se lo llevó con todo el amor que un hombre puede albergar, pero la encontró dormida, completamente absorta en el sueño más profundo que nadie pudiera observar.

Sonrió, la besó en la frente y susurró con un tono entrañable mientras la arropaba:

-... ¡Sólo quería dormir!...

miércoles, 19 de enero de 2011

Carta de despedida.


Hoy el tren sale antes de lo previsto, la despedida será breve.
No debí haber dicho que me quedaría, soy un hombre; no me gusta hacer promesas que no sé con certeza si podré cumplir.


No podré escribir con seguridad el motivo de mi marcha, sólo diré que me llevo lo mejor conmigo, nada que os incluya.
Supongo que podría haber descubierto senderos ocultos guardando mi puesto en esta ciudad, pero no es eso lo que yo espero de mí mismo. Soy un hombre, no me conformo con una tierra que huela a farsa.

Me prometisteis sentirme como en mi casa, mas lo único que mio sentí fue aquel servilletero, que gracioso siempre me esperaba impaciente para comer. ¡Y qué platos, los de Rita!
Quizá recuerde el olor de la comida, o del hogar en sí, pero sí prometeré no hacerlo con el más mínimo anhelo.

Esperando estoy a que el humeante tren se detenga frente a mí, repasando lo vivido en este lugar.
No supisteis apreciar mi música, no os culpo, necios hay en todas partes. Lo que sí, os arrepentiréis, creísteis mis costumbres estúpidas, inútiles e infructuosas. Lástima, las echaréis en falta.

Sin motivo aparente sonrío. No me lo explico, he recibido más odio que amor en esta ciudad, sin embargo... Hay algo... ¿Qué es? Si no lo recuerdo, importante no sería desde luego.

Miro el reloj: ¡Vaya, el tren se demora ya 9 minutos!

Dejaré un papel en blanco sobre este banco, quien quiera inventar mis memorias es libre de hacerlo.
Eso sí, no sabrá de quién se trata. Tal vez este papel termine siendo una lista de la compra, puede ser.
Esa será entonces mi biografía, al menos aquí.

Ya diviso el tren, he de darme prisa.

-"¡Viajeros, al tren!"

Bien, hasta nunca, tierra inmunda.

-"¿Le ayudo con la maleta, señor?"
-"¡Oh, sí! Muy amable, muchacho."
-"Viaje corto, por lo que veo..."
-"Se equivoca, joven."
-"Pero... ¡Si está vacía!"
-"El mejor equipaje es el que nace de la necesidad."


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