viernes, 15 de julio de 2011

Carta de amor.






Érase una carta de amor...

"Querida Carmen:

Hace tiempo que no empuñaba mi antigua pluma para escribirte, más de dos décadas. Pero es tan intensa la sensación que tengo dentro de mí que si no lo hacía ignoro si mi corazón seguiría latiendo.

Una semana hará desde que rocé a la muerte, vino a visitarme, avisándome del poco tiempo del que disponía.
Pobre de mí, perdido y olvidado, decidí escribirte una última carta que diría todo lo que no me atreví a decirte cuando pude. 

Como acostumbraba antaño, querida Carmen, te contaré una historia que quizá te ayude a entender.

Era un 6 de Septiembre y tú esperabas en el columpio que te hice junto a aquel viejo roble. Llevabas ese vestido blanco, la chaqueta de punto que te regalé, y, como de costumbre, ibas descalza.
Llegué diez minutos tarde, nunca fui un hombre puntual. Tus ojos brillaban más que dos luceros, estaban llenos de lágrimas de tristeza.

Titubeando y sin explicación me despedí de ti, con un nudo en el estómago que me impedía levantar la mirada más allá de mis zapatos.
Tu pelo no cesaba de ondearse, dejándome llegar tu delicado perfume. Ese olor llegaba a lo más profundo de mi corazón y hacía todavía más dura la despedida.

 No fui capaz de decirte mucho, pues no había palabras existentes que fuesen suficientes para despedir un amor tan puro como el nuestro.

"Adiós, Carmen. Ojalá volvamos a vernos" fue todo lo que salió de esta frágil garganta.

Beso en frente y media vuelta, me alejé de ti, intuyendo una lágrima tuya desde tu ojo verde hasta el más suave cuello que jamás he visto.
Tomé mi taxi, y no volví a verte.


Perdóname Carmen, pero aún a día de hoy no puedo decirte el motivo de mi marcha, aunque créeme, ojalá pudiese.
Lo que quería decirte, vida mia, es que desde que tomé ese taxi hasta este preciso momento no he dejado de pensar en ti ni un segundo.
He viajado mucho, he visto muchos lugares, he conocido a muchas mujeres y he sufrido innumerables dolores. Pero déjame decirte, amor, que nada me ha dolido tanto al despertar como el saber que no despertarías ahí conmigo, ni nada me partía más el corazón al acostarme que el imaginar que tú estarías a miles de kilómetros como yo, durmiendo sola... O amando a otro que no fuera yo.


Cobarde he sido por mucho tiempo callándome todo esto, no quise perturbar tus sueños.
Perdóname, Carmen, perdóname por haberte querido en silencio tantos años.
Quise ir a buscarte, robarte de tu casa y llevarte conmigo, acariciar tu pelo, mirar tu sonrisa, hacerte el amor con esa delicadeza con la que solía...
Perdóname por no haberte sabido querer como te quise después de irme.


Con un manto blanco en la cabeza en lugar de aquella melena castaña que tanto acariciabas, te escribo esto que lees. Espero no sea demasiado tarde, pues me partiría el corazón saber que no me llevo el perdón de la persona por la que he vivido esperanzado tantos años.


Jamás fui capaz de decírtelo, por mucho que te lo demostré cuando estuvimos juntos, pero te quiero.
Te quiero, Carmen, siempre te he querido.


Y ahora, viejo me hallo, sólo y triste, sin el amor que una vez nacido me dio la vida.
Aunque muy en contra de lo que yo quisiese, imagino que tendrás una vida lejos de mí, habrás amado a más hombres, habrás formado una familia ajena al amor que te di yo. Pero aún así, te quiero.
Aún así quiero pasar los últimos años que puedo vivir en paz contigo, como antes."


... Y tras días, adornada con esta posdata, la carta llegó a su destinataria.


"Mi Carmen... Mucho me temo que llego tarde. Y ahora, dejo esta carta sobre tu epitafio, enfermo por tu muerte, muerto por tu ausencia.
Muero, vida mia. Muero sabiendo que ya no estás. Sabiendo que ya no me amarás.
Sabiendo que no volveré a acariciarte.
Muero sabiendo que mi vida se va.


Siempre tuyo."


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